Valores por la vida
Cuánta razón tienen nuestras madres, pero seamos sinceras, caemos en la cuenta de esto con intensidad hasta cuando nos convertimos en una.
El tiempo pasa volando, cuando te des cuenta irá a la universidad o se estará casando y te vas a preguntar ¿en qué momento?, como en un abrir y cerrar de ojos”, me decía mi madre al contemplar a su primera nieta, pequeña y frágil como todo recién nacido, ante mi mirada atónita. “Ay mami, ¡qué exagerada!”, le contesté con tono irónico.
Casi nueve años después y en una noche de luna llena con olor a nostalgia y brisa del norte, las palabras de mami me pesaron sobre los hombros al escuchar a mi hija mayor.
Me contó que se sentía “estresada” y sollozaba entre las cobijas. “Mi cielo, quiero ser tu mejor amiga”, le supliqué para que me contara.
Sus todavía pequeñas manos abrazaron mi oído y en un susurro me describió su decepción con una amiga a quien había contado un secreto que ella luego había revelado.
“Yo soy buena amiga, ¿porque ella me falló?”, me preguntaba hecha un mar de lágrimas, mientras yo me derretía entre sus profundos ojos oscuros.
Con una mirada llena de madurez me penetraba hasta los recuerdos. Mi mente repasó tantas cosas. ¿Cuántas decepciones le faltarían por vivir?, como la arena en el mar, ¿cuántas veces “le fallarían?”, miles de veces como esos granos de sal que se deslizan entre las manos.
“¿Y entonces, para qué ser buena?”, me preguntó, muy en serio.
Y yo pensaba: “si supiera cuántas veces me he hecho yo esta misma pregunta y me la sigo haciendo…”
Sí, en las ocasiones más inesperadas nos toca enseñar sobre los valores. Aunque el mundo no sea el ejemplo, aunque cada vez más a los niños se les haga un colocho al contrastar lo que no se debe hacer, con lo que ven en los signos externos, en el comportamiento de muchos adultos, a veces en nosotros mismos. Como cuando vamos manejando y nuestras hijas observan a dos jóvenes fumando felices en medio de un titular que dice: “Fumar es dañino para la salud”.
“Mami no entiendo, qué ridículo”, me dicen siempre.
Cada vez más los expertos insisten en que no es suficiente con alcanzar logros profesionales para poder tener éxito en la vida. Las relaciones personales saludables y una actitud positiva, y yo le agregaría correcta y honesta, ante la vida, son muy importantes. Los valores son esenciales, aunque cada vez sean más escasos al ceder ante una moral acomodada.
Como madres y padres somos los llamados a convertir los valores en realidad para que se llamen virtudes, o valores puestos en práctica. Nuestros niños imitan a las personas de mayor influencia en sus vidas, y esos somos nosotros.
Vayamos más allá de la enseñanza de la teoría, que ahora está de moda. La práctica de los valores nos la enseñaban nuestros abuelos, sin acudir a tutores, mediante un juego al aire libre o nuestros padres, al enseñarnos a levantarnos a pesar de los raspones en las piernas.
En lo sencillo está la respuesta, mientras tomemos nuestro tiempo y lo hagamos con cariño, en el compartir.
O podemos aplicar a la herramienta espiritual, con la cual me ayudé a responder a esa pregunta tan complicada: ¿vale la pena ser buena?
Recurrí al libro de los valores más antiguo del mundo, con un resumen de las mejores enseñanzas que un ser humano divino nos pudo haber dejado en ese momento. El manual de cómo ser bueno “a pesar de”: la Biblia y las vivencias de Jesús acá en la Tierra.
“Vale la pena esforzarse día tras día por ser bueno, como Jesús nos lo enseñó. Él tiene una mirada rayos X y observa desde arriba la belleza que pocos vemos, no la física, sino la del corazón”. Le dije mientras nos fundíamos en un abrazo de oso.
“Mami, cuánta razón tenías, el tiempo pasa volando”, ahora era yo la que me contestaba, mientras las lágrimas de mi hija, creciendo a pasos agigantados, empapaban mi hombro. De pronto sentí como esa humedad caía hasta mi vientre y recordé que ahora estaba alimentado por otra vida en camino, nuestra tercer hija, otro comienzo al ciclo de la vida, empedrado pero maravilloso.
(Fuente: mamajoven.com)