Entrenadoras de vida

El deporte es como la vida, pero jamás lo había dimensionado tanto como cuando vi a mi hija mayor competir por primera vez. En esa oportunidad todos los niños llegaban al otro extremo de la piscina, mientras ella apenas iba por la mitad.

Por solidaridad, todos los padres gritaban un “¡vamos!” compasivo, señal de que no se diera por vencido, y no lo hizo… Recuerdo haberme sentido tan orgullosa, que me abrasé con los padres de a la par cuando llegó, como si hubiera ganado una Olimpiada.

Fue en el torneo siguiente cuando se dio la prueba más dura. Sus abuelos habían ido a verla, sus ojos chispeantes los reconocieron desde la banqueta. Estaba lista, pero se confundió con el pitazo de salida, hizo una salida en falso y luego no reconoció el pitazo definitivo. Se puso nerviosa y no logró nadar como ella quería, se falló a ella misma y no se lo perdonaba. Me la encontré llorando desconsolada en el baño. La escena me recordó a mi misma, exigente y determinada, pero débil ante el fracaso.

La vida me ha ido enseñando y sigo aprendiendo, que la valentía se pone a prueba al levantarse, pero no siempre es fácil secarse las lágrimas y continuar.

 Y ni modo, tocaba  hacer lo que las mamás hacen (por supuesto no tenía la menor idea de cómo hacerlo, pero tenía que actuar o decir algo). “Aquí va” pensé mientras suspiraba con la intención de hacerlo lo mejor posible.  No sabía si mis palabras sonarían muy filosóficas para una niña de ocho años, pero lo cierto es que no pude evitar hablarle de la vida. Comencé por explicarle que a veces es difícil obtener los resultados tal y como los imaginamos, pero hay que reflexionar en qué podríamos mejorar y continuar, como quien no para de nadar aunque sienta que se está ahogando o quien continúa a paso firme para llegar a la meta aunque todos estén ya del otro lado de la piscina. “Faltan otras pruebas, hay que seguir adelante, el torneo no se termina hasta la última competencia”. Quisiera decir que funciónó, pero mentiría, en cambio lloró todavía más fuerte al punto que sus palabras se convirtieron en balbuceos.

 Ella se había fallado a sí misma: “Yo- me pro-pu-se no llegar de úl-ti-ma y no lo lo-gré” decía inundada en lágrimas. Y se dio lo inevitable, luego de mi fallido intento. Lloramos juntas, con todo y lo cursi que pueda sonar. Pero luego de cinco minutos de un aguacero de emociones y cariñitos mutuos en el cabello, se fue calmando. Eso era lo que necesitaba…

 Nos miramos a los ojos. Ella se secó las lágrimas y con resignación me pidió regresar con el resto del equipo.

Siguió nadando y al final, con la medalla de participación colgando de su pecho me dijo: “no salió como esperaba, pero valió la pena”.

¿Quién aprendió de quién?. Cuántas anécdotas deportivas vamos acumulando a su lado, cuando creemos que somos nosotras las entrenadoras, ellos también nos entrenan para la vida. ¿Cierto?


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