¿Embarazada? ¡Otra vez!


Mientras las dos diminutas ventanas de esa prueba eran invadidas de lado a lado por una raya morada, todas las muecas de Jim Carrey se dibujaron en mi rostro. “Oh por  Dios,  ¡estoy embarazada! gritaba en mi mente mientras  sonreía, pero entonces, ¿por qué lloraba?.

¿Y ahora qué voy a hacer? ¿Será el mejor momento? Estoy  loca, ¿cómo vamos a hacer con  tres? ¿Y cómo voy a hacer  con el trabajo? Ahora sí, mantener a tres, educar a tres, ¡ahhhh!.

Sí, estaba asustada ¿Y ahora quién podría defenderme? De  fijo no el Chapulín  Colorado

La noticia de un embarazo es siempre una sorpresa, grata por supuesto, pero es un cambio  tan  grande en nuestras vidas que suele acompañarse de miedo, de dudas. No importa si es el primero,  el segundo o como en mi caso, el tercero. Una vida crece entre nosotros y  automáticamente  perdemos el control. No sabemos cómo transcurrirá el embarazo, si nos sentiremos mal o no, cómo será el parto. Sobretodo esto, porque sabemos que duele, pero cuánto dolerá esta vez ¡auchhh!

Mientras el tiempo da la respuesta, solo nos queda aferrarnos a la oración y al anhelo de llegar a cargar a ese bebé en nuestros brazos sin mayores contratiempos. Aún así, lo confieso, para quienes ya hemos tenido hijos, a diferencia de cuando éramos primerizas, creo que nos atemoriza más esa segunda etapa. Cuando ya lo tenemos en brazos y ya hemos experimentado las famosas malas noches, ese cansancio agotador, el regresar a ser “María motetes” con maletines repletos de pañales, chupones, coche, silla etc.

Ya no nos cuentan, lo hemos vivido y aunque no lo exterioricemos ¡Qué miedo da! ¡Cuánta incertidumbre! ¡Cuántas dudas!

Tardé varios días en procesar la noticia y pasaron otros más antes de contarles a mi esposo y dos hijas la noticia de que superaríamos la estadística de fecundidad, actualmente en un promedio de dos hijos por familia.

“No ya en serio” fue la reacción de nuestra hija mayor de ocho años (como si fuera un chiste…).

“¡Nooooo! Ya nadie me va a querer, cuando nazca ese bebé ya nadie me va a alzar”, soltó a llorar la menor de cinco.

Oh sí, parte del reto y no precisamente las reacciones de: “yo te voy a ayudar a cuidarla mamita”, que yo habría anticipado en mi sueño ideal, con música de fondo y sonrisas en cámara lenta.

Los achaques se han encargado de recordarme diariamente que no es un sueño. Mis pantalones se rebelaron tempranamente a cerrar desde la semana 8 y mi cara denota un cansancio inevitable.

Pero como nunca terminamos de aprender, a la semana 10 recibí un buen jalón de orejas. Un galope milagroso me hizo dejar de lado todas las preocupaciones. Las 160 palpitaciones por minuto de ese corazoncito, amplificadas por el dispositivo llamado doppler, me sacaron del trance.

Si la vida es un milagro, dar vida es un don extraordinario, de esos que solo Dios orquestra como parte de una sinfonía maravillosa donde él indica el tiempo y el porqué.

    ¿cierto? Es increíble ser madre, a pesar del susto,


Share